Nadie debía entrar.
La primera vez que Martín vio aquella casa eran casi las tres de la madrugada. La niebla cubría completamente la carretera y apenas podía distinguir los árboles que aparecían a ambos lados.
Había perdido el control del auto unos kilómetros atrás y, después de caminar durante casi una hora, encontró la casa. Era enorme. Antigua. Sus ventanas estaban rotas y la pintura de las paredes se había desprendido hacía décadas.
Lo extraño era que la puerta principal estaba abierta.
Martín recordó esas palabras que su abuela le repetía cuando era niño. Sonrió al pensar en lo absurdo que resultaba tener miedo de una casa vacía.
Entró.
El interior estaba completamente oscuro. Sacó su teléfono y encendió la linterna. El haz de luz iluminó un largo pasillo lleno de cuadros. Todos mostraban personas que Martín no conocía.
Entonces escuchó un ruido.
Toc.
Venía del segundo piso.
Martín levantó lentamente la mirada.
Toc. Toc.
Alguien estaba caminando arriba.
Subió las escaleras.
Cada escalón crujía bajo sus pies. Cuando llegó al segundo piso, encontró un pasillo completamente vacío.
Excepto por una puerta.
La puerta estaba entreabierta.
Desde el interior se escuchaba una respiración lenta.
Martín acercó la mano al picaporte.
Antes de tocarlo, su teléfono comenzó a vibrar.
Era una llamada.
El número que aparecía en la pantalla era el suyo.
La voz al otro lado era la de Martín.
Dio un paso atrás.
Entonces la puerta comenzó a abrirse sola.
Muy lentamente.
Y desde la oscuridad apareció una mano.
Una mano exactamente igual a la suya.